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Charlie López y la profundidad de la banalidad

Por: Luis Acosta Casanova

Charlie López había hecho su primer cortometraje, y para hacerlo, dobló un poco las reglas. La instrucción para aquel segundo semestre de su primer año en la Escuela de Cine de la Universidad Veritas, era que debía realizar un documental, y Charlie creó el cortometraje Morena, sobre la poesía y personalidad de su amiga, Nicole Espinoza. Quizá la única manera de documentar la poesía es a través de la poesía misma, y Morena, más que un documental, en el sentido más estricto de la palabra, es un poema visual de asombrosa intimidad. Usualmente, los cortometrajes estudiantiles exhibidos en el Shnit son aquellos realizados durante el segundo año de la carrera, pero Morena fue una obra que fue presentada en el Festival cuando el joven autor aún no había finalizado su primer año.

Ahora, en el segundo, Charlie debía realizar otro proyecto: un cortometraje de ficción, y de nuevo dobló las reglas. Eligió un tema tan personal y verídico, que bien podía considerarse un documental autobiográfico: Su complicada relación de amor y distancia con su hermano mayor, y con Atenas, su pueblo natal, aunque representada en las figuras de un anciano escritor lidiando con el reciente fallecimiento de su hermano. El papel requería la actuación de un adulto mayor, lo que presentaba un gran desafío, pues no es lo mismo solicitar ayuda a jóvenes de Artes Dramáticas que a profesionales con una larga trayectoria, para actuar en una producción estudiantil.

Charlie decidió contactar por teléfono a Mariano González, un legendario actor que había dirigido el Teatro Nacional y la Compañía Nacional de Teatro.

—Ok –dijo Mariano, resoluto—. Venga tal día a tal hora.

—Ah… —fue la respuesta sorprendida de Charlie— …Ok.

Nervioso, Charlie viajó hasta Sabanilla, llevando una caja de chocolates, como si fuera a una primera cita, y se reunió con Mariano en su apartamento. Por invitación de su anfitrión, Charlie se sentó a una mesa en la sala, y comenzó a explicar su proyecto, tal como le habían enseñado en clases, pero Mariano no parecía interesado en hablar al respecto. En vez de eso, el veterano actor comenzó a hablar sobre sí mismo, su carrera, y otros papeles que le habían ofrecido, de una forma amena y amistosa, y el joven director comenzó a aprender la dinámica de cómo hablar con él, al mismo tiempo que buscaba la oportunidad para entrar en el tema que le había traído.

Fotograma del cortometraje ‘En cada casa vacía’.

—Bueno –dijo Charlie, comenzando explicar el guión—, yo soy de Atenas, y estoy haciendo esto…

Mariano lo interrumpió al instante.

—¿Atenas? Yo soy de Atenas.Viví en Atenas hasta los once años, antes de venir a San José. ¡Acepto!

Esto era algo que Charlie no imaginó escuchar. ¿Cómo seguir la conversación después de eso? Mariano ni siquiera había ojeado el guión. Una vez más, sorprendido y desconcertado por la emoción, Charlie respondió:

—Ah… Ok.

Para la siguiente vez que se vieron, Mariano había leído el guión, y comenzaron a hablar sobre el personaje: Un viejo escritor, desconectado de su pueblo y su familia desde hacía muchos años, que ahora regresa para encargarse de las cenizas de su hermano, recién fallecido, y para afrontar su pasado tanto como su presente.

Charlie y Mariano comenzaron a descifrar este personaje, llamado Antonio, cómo era, cómo hablaba y se movía. La mayor parte de los ensayos consistía en que Charlie y su equipo se sentaban junto al actor, quien les servía whisky y vino a cada uno. A todas las personas involucradas les encantaba este tipo de ensayos, donde podían conversar hasta durante cuatro horas sobre el cortometraje mientras bajaban copa, tras copa, tras copa, y mientras aspiraban pasivamente el humo de los Viceroy mentolados que Mariano fumaba en cadena.

Cuando los ensayos terminaban, Mariano se iba a dormir tranquilamente, y el equipo de jóvenes cineastas no podía salir de allí más enfiestados.

—Yo cumplo años en mayo –me cuenta Charlie—. Creo que comenzamos a trabajar en abril de 2019, y terminamos por ahí de noviembre de 2019, e íbamos, mínimo, una vez por semana a casa de Mariano, entonces fue casi un año de sólo cigarrillos y alcohol. Son, de fijo, los mejores ensayos que he tenido. 

Muchas veces ni siquiera hablaban sobre el cortometraje, sino que escuchaban a Mariano contar fascinantes historias de su vida, como una ocasión, cuando vivía en México, que decidió viajar hasta California para visitar a su hermano, pero le robaron todo, incluyendo el pasaporte, en la frontera de México y Estados Unidos, y se vio obligado a emprender el viaje a su manera, hasta que llegó a su destino, semanas después de que nadie supiera dónde estaba.

—Hay muchas historias de Mariano –dice Charlie—, reales e inventadas, y todas deberían ser películas. Nunca he conocido a nadie con un espíritu tan joven.

Fotograma del cortometraje ‘En cada casa vacía’.

El resultado de toda esta odisea de producción fue En Cada Casa Vacía, que se ha presentado en el actual Festival Shnit, y que lamentablemente no pudo ser disfrutado por su protagonista, quien falleció en febrero de este año.

Al hablarme de estas cosas, Charlie López expresa con facilidad su conocimiento y amor por el cine. Su voz es grave, pero dulce y juvenil, llena de amabilidad y un agudo sentido del humor. Mientras converso con él sobre su trayectoria y obra filmográfica, casi olvido que es una entrevista telefónica, y más bien, siento que estamos compartiendo un café.

—Su amor por el cine –le pregunto—, tanto de espectador como de realizador, vino desde muy pequeño, ¿verdad?

—Sí –responde Charlie—. Muchas personas lo dicen como “contar historias”, y obviamente hay una gran parte de eso, siempre me ha gustado contar historias, pero creo que hay algo más allá de la narrativa, y es el hacer sentir cosas. Soy el menor de tres hermanos, como seis o siete años mayores que yo, y mis papás solían estar ocupados, entonces desde pequeño me acostumbré a jugar solo, creando mis propias historias con los juguetes, y tenía mi episodio de Halloween, mi episodio de Navidad, como siguiendo los arquetipos. Uno aprende, o como que es programado, gracias al cine y la televisión, para formar ciertos códigos de personajes o incluso tener más conciencia, sin saberlo, de una estructura dramatúrgica, y cómo la cámara puede moverse de cierta manera o el actor puede decir la línea en cierto registro. Pero lo que importa, al final, no es la historia en sí, sino la sensación que causa en el espectador, y eso, traducir sensaciones, atmósferas o memorias al lenguaje cinematográfico, es lo que más me ha llamado la atención desde siempre.

—¿Fue eso lo que volvió al cine uno de sus grandes amores?

—Sí, el poder sentir cosas. También creo que, al ser un chiquito de Atenas, que no quería ser ni un chiquito, ni un chiquito de Atenas, encontré cierto escapismo en las películas o la televisión, en sentimientos que tal vez no conocía, pero que, siendo ajenos, eran refrescantes, sin responsabilidad: Cómo puedo sentirme asustado sin que mi vida esté en peligro, o cómo sentirme enamorado sin estarlo.

—Y hablando de eso, ¿qué películas lo convencieron de que el cine era su vocación?

—Muchas. Probablemente muchas buenas, muchas malas; pero creo que mi primer encuentro fue cuando empecé a tener conciencia de que no todas las películas me gustaban o me llegaban de la misma manera. Creo que eso me llevó al descubrimiento de ciertos autores. Por supuesto, luego ya recibí una educación más formal en cuanto a los “padres” del cine, pero igual uno siempre tiene como esos autores o cineastas que resuenan más con uno.

—¿Cuáles serían, en su caso?

—Supongo que cuando pregunta esto, todo el mundo le va a decir como Tarkovski, Bergman, Kurosawa, Antonioni, y sí, obviamente, me encantan sus películas. Pero creo que, aunque no sean los “padres” del cine o las figuras más grandes, o al menos no se les consideren así, a mí me gustan mucho Wim Wenders; Luca Guadagnino (en los últimos años tuve una revelación de amor por él, y ahora que están dando su serie en HBO, la estoy disfrutando mucho); Sofía Coppola, también eso de hablarle a personas que sabían más y me decían: “Usted sabe que ella sólo es famosa por nepotismo”, ¿Usted vio El Padrino III?” y yo como: “¡No me importa! Quiero ver María Antonieta, Somewhere y Lost in Translation mil veces”; Tom Ford también me gusta, y la gente no habla mucho sobre él; Kelly Reichardt también; Abbas Kiarostami… Dejémoslo en esos.

Charlie no se preocupa en pretender que todos los temas de la vida deban ser tratados con solemnidad; para él, cada obra tiene algo de valor, y es en las cosas “frívolas” o “banales” donde más podemos conocer de las personas y también de los personajes. Me recuerda que, mientras leía la información que les había enviado a los organizadores del Festival, me topé con un curioso pasaje, donde Charlie habla de lo importante que es encontrar profundidad en las cosas que, para muchos, parecen frívolas.

—Siento que la banalidad, por ejemplo, delata mucho –dice—. Hay mucha profundidad en la banalidad.

—Antes de entrar a Veritas, ¿ya había experimentado con la actividad de hacer cine?

—No. Yo era un chiquito de teatro y me gustaba la dirección de actores, y desde siempre me encanta ver películas, pero creo que nunca me ha gustado grabar cosas si no sé qué es lo que voy a hacer. Tengo que tener algo más, como el concepto más planeado, o una curiosidad demasiado grande para empezar a grabar. Hay una tendencia muy grande en el cine, lo veo en muchos de mis compañeros y grandes cineastas de aquí y del mundo, que tienen esto de poder agarrar cámaras desde pequeños, grabar, editar y explorar cosas. Creo que yo nunca tuve eso.

—Bueno, hay grandeza en ambos abordajes, me parece.

—¡Ah, obvio! Yo admiro muchísimo a las personas que pueden grabar todo, y conozco personas muy talentosas que graban todo y luego reflejan en obras muy buenas esa memoria, o esas exploraciones. Pero sí, yo no nací con ese don.

—¿Cómo ha sido la experiencia de estudiar cine profesionalmente?

—Fue la confirmación de que estoy haciendo lo que debería estar haciendo. La confirmación de que esto es lo que me gusta, y supongo que es el sentimiento opuesto a cuando las personas entran a una carrera y sienten “Esto no es para mí”. En mi pasado no hubo muchas personas a quienes les gustara hablar de cine, o que quisieran hacer cine eventualmente, entonces fue como llegar a una casa, o una comunidad con su propio lenguaje. Todo ha sido muy familiar y cómodo, e incluso cuando es incómodo, es una incomodidad que luego lleva a grandes cosas. Me sentí muy feliz cuando entré.

—De todo el proceso de creación de una película, ¿cuál es su parte favorita?

—Sentarme con el director de fotografía durante la pre—producción y planear juntos la puesta en escena, como en una compañía creativa. Yo creo mucho en el compañerismo entre el director y el director de fotografía, no solamente una relación técnica, sino poder sentarse y conversar de las ideas de cómo se podría ver una escena, como he hecho con Sebastián Garro, que también fue director de fotografía del documental que estuvo el año pasado y fue parte del equipo de fotografía de En Cada Casa Vacía. Me encanta eso: reuniones de horas, donde podemos comer, hablar, y luego conversar sobre qué dice cada plano. Con los actores también me gusta mucho, aunque a veces no tengo la suerte de hallar una química o un lenguaje secreto con ellos. A mí no me encanta dar los perfiles de personajes a los actores (aunque igual lo hago porque ayuda mucho al escribir), yo prefiero hablar sobre cómo creo que es el personaje y que los actores me lo devuelvan, para que juntos lo volvamos una persona. Es otra como unidad o compañerismo creativo.

Fotograma del cortometraje ‘En cada casa vacía’.

—Imagino que, en el caso de Morena, ese proceso fue un poco a la inversa, porque ya el “personaje” estaba hecho, y ella daba instrucciones.

—No exactamente, porque ya nos conocíamos; habíamos sido compañeros en el colegio, y sí, en Morena fue como que tuve una idea de qué quería hacer para el semestre de documental. Me empecé a enamorar de los documentales y quería aprovecharlo para crear una puesta en escena alrededor de la poesía de mi amiga. Es como mi retrato de su poesía, y de cómo yo la veo a ella, cómo traducir sus sentimientos, partes de su vida y su historia, a escenas en lenguaje cinematográfico. En ese proceso no hubo “creación de personaje”, porque el personaje ya estaba ahí, y yo lo conocía muy bien. Fue más como retratarlo juntos, y sí fue acompañado, obviamente hubo reuniones entre ella y yo, donde hablando de las escenas para ver si ella les veía sentido, que por dicha sí, y así salió.

—Más allá de la poesía de Nicole, más allá del encanto de sus poemas y de esta oportunidad de filmar algo tan personal, ¿qué le llamó la atención de grabar una historia tan íntima?

—Yo sabía que Nicole escribía poesía, y que nunca se la enseñaba a nadie. Antes de hablar con ella, yo tenía como cierta idea. Creo que, usualmente, la atmósfera es lo que me viene primero. Quería cercanía con la cámara, quería movimiento, esa intimidad, y lo busqué en ella y ella aceptó, pero no sé, la verdad, por qué la intimidad me llamaba tanto la atención. Supongo que fue muy intuitivo.

—¿Y cómo fue grabar en el centro de San José?

—Fue muy divertido. Éramos Sebastián Garro, Nicole y yo. Ya teníamos las escenas planeadas, pero acabábamos de empezar, estábamos en segundo semestre del primer año, y por supuesto no teníamos idea de un montón de cosas sobre puesta en escena, entonces fue con la comunicación con Sebastián y Nicole, y fue mucho de nosotros corriendo por San José, subiendo y bajando de carros. Sebastián decía “¿Por qué no lo hacemos desde acá?”” y yo como “¡Sí!” Porque ya entendía lo que quería: la cercanía, la profundidad de campo, el sentimiento que yo quería transmitir, que es esto como, no sé, la ebriedad de un sueño, no sé. Pero ahí mismo en las locaciones –porque siempre estábamos corriendo— inventábamos planos, acciones, cosas. De hecho, ahora nos acordamos de eso, y nos ponemos a reír porque todo fue intuitivo, no teníamos formación muy grande en cuanto a puesta en escena, y salió de manera orgánica.

—Se nota, porque se siente muy puro. Es casi como si el corto en sí no existiera, como si tuviéramos acceso a la personalidad y mente de Nicole, pero de una forma muy etérea, creo que eso lo lograron muy bien.

—Muchas gracias. Sí, esa era la intención, casi no saber qué estaba pasando pero sentirnos dentro de la poesía, y cómo me hacían sentir los poemas, y a ella, cuando lo escribió. Fue como hacer un collage o un moodboard en edición. La estructura nunca estuvo planeada hasta que llegamos a edición, y nunca fue un problema. Creo que fue de esos momentos mágicos donde los tres, Nicole, Sebastián y yo, estábamos en la misma sintonía.

—¿Y no fue incómodo para Nicole caminar descalza por San José?

—Me imagino que sí, no sé –ríe Charlie—. No, no creo que para Nicole haya sido incómodo. Ella proponía cosas donde yo se lo sugería con cierto temor respetuoso, como “¿Qué le parece esto?” ¡Y ella siempre lo llevaba a otro nivel! Creo que por eso el documental retrata mucho el espíritu de ella, este espíritu libre y al que no le importa que la gente la estuviera viendo caminar descalza por la Plaza de la Cultura, entonces todo fluyó muy bien, por dicha.

—No sé… Ver a Nicole caminar descalza por la Plaza de la Cultura activó mi trastorno obsesivo—compulsivo.

Charlie se ríe, y responde:

—Para ser más justos, no sé qué tan mejor o más limpia sea la Plaza que las calles, pero en ese momento no había COVID, ni miedo a gérmenes o nada de eso, de otra forma hubiera sido muy diferente.

—Y sin embargo, en términos narrativos, ese símbolo funciona mucho, porque representa muy bien esa apertura que querían reflejar.

—Sí. Cuando uno hace un documental, siempre tiene miedo de que la persona se cierre cuando llegan a ciertos temas. A mí me daba mucho miedo que, en medio del proceso, nos sucediera. Pero creo que el hecho de tener los poemas y haberlos recitado ayudó muchísimo, ese es un retrato muy genuino de Nicole, que cuando está en comodidad es ella misma, libre, sin miedo a nada ni a nadie. No tenía miedo de revelar cualquier cosa que se presentara en el cortometraje, y más bien salió muy orgullosa; todos sus amigos de la universidad lo vieron, y hay gente que cuando se da cuenta de que yo hice eso, y ya la conocen a ella, me dicen “¡Ah, mae, usted hizo el cortometraje de Nicole!”

—Me imagino que ver Morena ya terminada y expuesta debió ser algo increíble. ¿Cómo fue la experiencia de ser reconocido por un cortometraje?

—Fue muy extraño, porque en Veritas usualmente uno participa en el Shnit por el corto que realizó en segundo año,  pero tener uno hecho en primer año y que haya salido tan bien, y haber hecho un cine—ensayo cuando todo el mundo estaba haciendo documentales en un formato mucho más convencional sí fue… O sea, me acuerdo de estar muy feliz cuando leí eso. Me acuerdo de no poder creerlo, pero creo que esa también es la reacción, como que este año también, fue como que leí el correo y pensé: “…Hay algo mal, de fijo se equivocaron”. Sí, uno nunca se lo termina de creer, hasta que lo ve proyectado. Creo que uno lo siente más cuando puede ir a los eventos sociales del Festival, conocer a gente que también está, el hecho de hacer entrevista y poder hablar de eso, y como hacer amigos en el Festival, e ir de fiesta con ellos…

Charlie lanza una pequeña, como si hubiera revelado una pequeña indiscreción.

—Y luego verlo en el Magaly —continúa, para enmendarlo— yo creo que ese es el momento donde uno está más feliz por, por el proyecto. Creo que ahí es donde uno siente el logro.

—Sí, con la fama –le digo, para molestarlo.

—No, no con la fama, con los amigos, dejémoslo así –ríe Charlie—. Con sentirse parte de una comunidad fuera de la Escuela. Cuando uno se da cuenta de que otras personas lo vieron (y que de no haber estado, nunca lo hubieran visto) y que comenten sobre eso, ya sea positivo o meh, ¡Pero lo vieron! Y saben que yo hice esto, que Nicole hizo esto, que Sebastián hizo esto. Creo que con eso uno lo siente más que con el correo.

—Ahorita hablábamos de la apertura y la vulnerabilidad, ¿Usted diría, como cineasta, que también se expone a un nivel emocional tan íntimo cuando muestra un cortometraje?

—Ah, sí, uno siempre tiene miedo de que algo técnico vaya a fallar y de la reacción. Ceo que para mí hubiera sido muy difícil la reacción del público de En Cada Casa Vacía en el Magaly, con mis familiares y amigos viendo lo que escribí, pero también con Morena, porque había una gran parte de mí ahí; y el tomar riesgos, no irse por lo seguro, da cierta incomodidad o nervios de que la gente vea algo que hice, que es bueno y es malo al mismo tiempo, como Nicole dijo en el documental: Es bueno publicar algo personal y que tomó tanto esfuerzo y a lo que uno le tiene mucho amor, pero también asusta exponerse a niveles personales.

Fotograma del cortometraje ‘En cada casa vacía’.

—Es muy interesante que pasó de un corto de no ficción a uno de ficción. ¿Qué determinó esa transición?

—El segundo semestre del primer año es documental, luego ya todo el segundo año es ficción, entonces había que hacer una ficción. Pero lo que más me da risa, y con lo que mucha gente bromeaba, es que los dos son igual de documentales, nada más que En Cada Casa Vacía es más sobre mí, mis raíces y mi pueblo, mientras que el de Nicole era de otra cosa, que sí era un documental pero altamente ficcionado a nivel de puesta en escena. Entonces creo que en los dos hice un documental y en los dos hice una ficción.

—“En cada casa vacía” es una línea de un poema de Nicole que sale en Morena.

—¡Sí! –dice Charlie, entusiasmado— Creí que nadie se iba a dar cuenta de eso.

—Yo lo noté, y mi pregunta es si hay una conexión directa o si fue coincidental.

—Era mi poema favorito, y creo que me dio muchas ideas para escribir esta ficción, porque la línea resonó mucho conmigo y se quedó ahí. Creo que nunca hubo otra opción de título, ese siempre fue. Y el poema en sí, al ser sobre la soledad, sobre aprender a estar solo, también resonó mucho conmigo y con lo que yo quería explorar. Para mí fue un contraste, por supuesto que sí hay cosas de Morena que se transforman o traducen en En Cada Casa Vacía, y el poema es gran parte de eso, pero luego de retratar a una mujer joven en algo tan cerca y tan movido, yo sabía que quería alejar la cámara, y quería silencio, y quería a un hombre mayor.

—Mientras investigaba sobre En Cada Casa Vacía, encontré un comentario suyo muy interesante, dice: “Escribiendo me di cuenta de que la relación con mi pueblo era paralela a la relación con mi hermano, supe que tenía que hacer un cortometraje sobre desconexión, distancia y el aprecio encontrado”. Es algo muy profundo.

—Sí, fue muy extraño. Usualmente uno quiere explorar algo porque no lo entiende. No me parece tan inteligente explorar algo en lo que ya se tiene opiniones cien por ciento formadas, o que no son contradictorias. Cuando terminé Morena y volví a la casa de mis papás luego de mucho tiempo, iba en el bus y al mirar por la ventana fue como que vi el pueblo por primera vez, aunque hubiera vivido allí muchos años, vi todas las cosas que habían cambiado, detalles que nunca había notado, y supe que debía hablar de Atenas, no había otra opción. Más tarde supe que tenía exactamente la misma relación con mi hermano mayor, como eso de que, en algún momento, no estamos orgullosos de pertenecer o estar vinculados a algo, pero eventualmente le encontramos el aprecio. Creo que eso, admitir que sí hay amor por el pueblo y las personas, es parte de crecer o madurar, entender que todo eso que alguna vez rechace no podía ser más parte de mí. Cuando empezamos a grabar, yo no entendía muy bien cuál era la relación entre este hombre y su hermano, ni cómo iba a terminar; así como tampoco entendía muy bien ni podría describir bien la relación con mi hermano (con el pueblo es más fácil). Pero fue de esas cosas que, luego de ver el último corte, pude formar un poco las ideas, y entender que, aunque no vaya a hacer cambios al respecto, aunque no es que vayamos a ser los mejores amigos,  no puedo negar el aprecio que le tengo. No se trata de redimir las imágenes, ni cambiar completamente de opinión, pero sí de reconocer que siempre fingí que esto no me importaba cuando en realidad sí me importa, y redescubro y reconozco todo una vez más. Entonces sí, como que había un paralelismo muy fuerte entre hermano y pueblo.

—Eso es muy interesante, porque yo sí noté esta identificación entre Atenas y Antonio, cuando explora las cosas de su hermano, pero la diferencia es que su hermano ya no existe. Todos hemos experimentado la muerte de un ser querido, y es muy curioso, porque la muerte siempre es como un baldazo de agua helada, ¿no? Todo se trastoca, todo es diferente y parece nuevo, y es como si viéramos a la persona como si nunca la hubiéramos conocido. Muy similar con lo que usted decía de encontrar a su pueblo como si lo viera por primera vez.

—Sí, por eso supe que quería empezar el cortometraje de la manera en que empieza. Es una reevaluación de todas las decisiones que uno ha tomado, todas las maneras en que uno se ha sentido con respecto a las raíces, porque al final creo que tanto hablar de hermano y de pueblo de origen es hablar de raíces.

—¿A qué se debió la decisión de trasladar ese conflicto de dos hombres jóvenes, como usted y su hermano, a dos personajes ya mayores?

—Creo que eso vino de cómo se sentía, luego de haber hecho Morena, volver a la quietud de las calles, las casas, los personajes que uno encuentra en las esquinas y en las cantinas, y supe que la relación que he tenido con mi hermano es como de dos viejitos gruñones que casi no se hablan, y creo que también la primera idea era la premisa, cuando ya supe que quería hablar del pueblo, me pregunté: “¿Cómo cambiaría nuestra relación luego de la muerte de mi papá o de mi mamá?” Entonces también lo plantee desde ahí, y luego la idea del corto cambió, porque creo que no pasaría nada, tendríamos este último día juntos, muy incómodo, donde tal vez ambos sentimos lo mismo pero ninguno lo verbaliza, aunque se siente en el ambiente, y luego la vida sigue. Entonces creo que de esa idea avanzó a cómo sería cuando él ya no esté y yo deba volver.

Nunca imaginé que en esta entrevista, sobre un cortometraje del Shnit, acabaríamos filosofando, el director y yo, acerca de uno de los más importantes y difíciles asuntos que conmueven a la humanidad. Pero una vez iniciada la reflexión, es cuestión de tiempo para que de nuevo, regresemos al tema de Mariano González.

—Yo no sabía –dice Charlie— que en Atenas las personas lo reconocían casi como un héroe local. Se volvió muy amigo de mis papás, nos quedamos todo el crew en la casa de mis papás y nos volvimos muy amigos. Han sido los ensayos más divertidos, porque nos contaba cosas de su vida, su juventud y sus logros, y la relación con el personaje. En medio de esos ensayos definimos que el personaje caminaba como si tuviera goma bajo el sol todo el tiempo, y su registro o tono de voz es como si estuviera en medio de una confesión católica todo el tiempo. Eso lo definimos y nunca se fue.

Charlie hace una pequeña pausa pensativa, antes de continuar.

—Y antes de que Mariano falleciera, yo lo había visto como un mes antes. A veces hablábamos por teléfono, Mariano siempre me contaba sobre proyectos futuros, especialmente en teatro, y a mí me hubiera encantado volver a trabajar con él. Todo fue muy repentino cuando falleció, y todo el mundo, no solamente en mi generación sino en mi universidad, todas las generaciones cercanas sintieron su muerte. Ya mucha gente había tomado y fumado con él. Fue amigo de todos.

—Creo que es muy significativo que este haya sido su último rol, creo que es un bello tributo y una forma muy especial de mantener vivo su recuerdo.

—Sí, también fue extraño que haya sido en Atenas. Grabamos escenas en la misma iglesia donde meses después tendría su misa de funeral, y por las calles del pueblo de donde era su familia, donde vivió diez años, y donde al final iba a ser enterrado. Y que también el corto trata sobre eso: sobre la muerte y la redención con ciertas personas, sobre atar cabos tras la muerte, y que eso no significa que sea muy tarde, por así decirlo. Entonces que este haya sido el último es muy especial, también sabiendo que él estaba muy orgulloso —y me regañaba por no estarlo lo suficiente— de ser de Atenas. Atenas, de hecho, se convirtió en un personaje; y los extras, y también las fotos de archivos que uno ve en el corto, algunas son de Mariano, pero la mayoría no son suyas ni de mi familia, sino que todas son fotos viejas encontradas en archivos de Atenas.

Fotograma del cortometraje ‘En cada casa vacía’.

—Todo eso de verdad se siente, Atenas como un personaje similar a Antonio.

—Sí, me esforcé mucho en el último corte. Este ha sido mi proceso más problemático, pero la muerte de Mariano me animó a hacer muchos cambios, y a hacer de Atenas un personaje. También algo que me parece extraño, pero que mucha gente ha rescatado y ahora aprecio mucho la idea, es cómo uno puede deducir cosas por los carros o televisores, porque hay como cierta cualidad anacrónica de qué es el pasado, qué es el presente, como si el tiempo no hubiera pasado y el pueblo no hubiera cambiado mucho desde la última vez que él estuvo ahí. 

—Hablando del personaje de Antonio, ¿hubo un motivo en particular para hacerlo un escritor?

—No recuerdo muy bien. Habíamos definido que él escribía memorias de Atenas en sus libros, casi con otro tono, como si tuviera una fachada como escritor, que su hermano criticaba, y que las personas más o menos resentían. Entonces también era como volver al pueblo y en serio enamorarse, no sólo fingir que estaba enamorado. Y por darle a él, como perfil de personaje, tal vez cualidades que son más contemplativas o más poéticas en cómo se mueve o cómo se expresa, nos funcionaba muy bien que fuera un escritor.

—Una escena que me gusta mucho es cuando Antonio habla con su hija por teléfono, sobre su infancia, su nieta, la casa, y se ve muy claramente el contraste entre lo que él dice, que es casi nada, y lo que quiere decir y no se permite. Imagino que la masculinidad frágil es otro tema, en ese sentido de crear una coraza que asfixia.

—Sí, exacto, esa coraza y esa masculinidad es algo que siempre quisimos explorar. Para esa escena con la hija teníamos el nombre de su hermano tallado en el techo. Entonces, más allá de la cámara, él estaba viendo el techo mientras grabamos, en contraste con la conversación que tiene con la hija, mostrando esta coraza de orgullo y arrogancia, todo lo que conlleva ser un hombre mayor, y cómo es que la masculinidad de antes se enfrenta al duelo, y obviamente creando el paralelismo entre cómo revisitar la relación con su hermano también le da un empujón para no hacer lo mismo con su hija.  

—Es muy interesante, porque el personaje de Leonel realmente no aparece. Sí lo vemos brevemente, al final, pero él es más como una presencia ausente en el corto, ¿Podría ser eso una representación del pasado en general como una carga?

—Sí. Además creo que cumple una doble función: Está literalmente cargando la muerte de su hermano, y está cargando su duelo, que no quiere mostrar pero cada vez empieza a mostrar más. Además porque vemos cómo fue su última reunión, y si el último día que se vieron Leonel y Antonio no pasó mucho, entonces funciona que Antonio camine por todo el pueblo con las cenizas, ya que sería como el último día con su hermano antes de dejarlo ir completamente.  

—¿De qué manera es posible alcanzar la reconciliación después de la muerte?

—Uf… No sé si existe una manera, más que tomar las lecciones aprendidas y llevarlas al futuro, que es lo que él hace con su hija, no es como que, si el hermano volviera de la muerte, serían mejores amigos. Creo que tanto el personaje como yo somos demasiado orgullosos para lamentarlo en voz alta. Sí hay una reconciliación, pero es más con la memoria y sí, el duelo no solamente como que mi hermano no está acá, sino el duelo por la relación que pudo ser y no fue, y, lo único que hacemos es aceptarlo y llevarlo al futuro.

—Como que la única manera de reconciliarse con su hermano fue reconciliarse consigo mismo.

—Exacto. No es recordar cosas bonitas del hermano, ni lamentar las cosas que no pasaron, pero es como si fueran dos chiquitos peleando, sólo que son señores mayores, y poder decir “¡Cortis! Hasta aquí llegó nuestro pleito. Esto es lo que necesito para seguir y es lo que usted necesita para seguir, y me va a enseñar algo para el futuro”. Entonces sí, la reconciliación no es necesariamente un gran abrazo; es sólo decir: “Terminemos los malos sentimientos. Podemos seguir siendo muy diferentes, tal vez aunque siguiera vivo nunca nos íbamos a reencontrar de una manera amistosa, pero ahora lo entiendo mejor, y acepto que le tengo cariño”. Básicamente eso es.

—Exacto, y es muy lindo. Incluso me dio un poco de gracia la escena final, cuando doblan ropa frente al televisor, porque a pesar de que son señores mayores se portan como niños con una rivalidad infantil, que no sé si será simbolizado por la carrera de carros que ven en la televisión. Antonio lo que hace es tirarle una camisa y Leonel lo mira, en lugar de gritarle o tirarle de vuelta, simplemente continúa, tal vez no llegar a una relación perfecta pero estamos en paz.

—Sí, eso lo propuso Mariano. Honestamente nunca había pensado el elemento de los carros de carrera como una competencia, pero más o menos sí, lo que habíamos planteado con Mariano y Gerardo, el otro actor y hermano menor de Mariano, que vive en Atenas. Habíamos planteado que la rivalidad entre ellos siempre era sobre quién era el mejor y a quién quería más la mamá, y cómo uno salió del pueblo y el otro no. Sí había una competencia entre ellos, y luego Mariano tuvo la idea, en una de las tomas, de tirarla y luego de que cortamos me explicó por qué lo hizo, y dije “Está perfecto”, y esa fue la que quedó.

—Brillante.

—Sí, creo que ese zoom out del final es mi plano favorito.

—Y ya para finalizar, hace poco me dijo que su intención personal no era redimir su propio pasado y sus propias relaciones, pero, tras haber finalizado el cortometraje, después de haber conocido a Mariano, y todo este tiempo, ¿considera que experimentó una catarsis personal?

—Sí, creo que sí, tanto con el pueblo como con mi hermano. No es como que algo haya cambiado en dinámicas, a un nivel exterior, pero sí es como que entendí mejor a mi hermano y a mi pueblo. Por eso digo que es mejor no saber lo que se va a decir, y luego darse cuenta cuando lo ve. Luego de hacer este cortometraje ya no puedo negar que, aunque las cosas no sean perfectas, hay un gran cariño que siento por mi hermano y mi pueblo. Siempre habrá rivalidad y orgullo, como con cualquier relación fraternal, pero creo que sí logré apreciar cosas que no había apreciado antes, y pude hacer estas paces silenciosas antes de que fuera muy tarde.

 

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