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La democratización audiovisual de Nacho Rodríguez

Por: Luis Acosta Casanova

La nostalgia golpea, inesperadamente, desde el primer segundo, cuando aparece en pantalla un antiguo documental sobre la Isla Margarita, probablemente de esos travelogues realizados por Warner Brothers durante los años cuarenta o cincuenta, y que por medio de imágenes en blanco y negro nos invita a conocer una Venezuela hace tiempo perdida. Hay una súbita interferencia. Suena una nota inquietante y prolongada, y el documental se detiene para revelar al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, gloriosamente capturado en VHS, junto con sus aviones, que se mueven sobre la pista bajo la luz del crepúsculo. ¿Acaso es este un corto de terror? De pronto, aquella nota se transforma en algo más: el inquietante sonido se funde en un dulce acorde de piano acompañado por una serie de mensajes de voz llenos de ternura, que hablan sobre “un viaje a la playa que algún día vamos a hacer”, a medida que las imágenes se alternan entre la Venezuela del siglo pasado, y el cielo azul, camisetas y casas de la Costa Rica actual. Mientras una sombra sobre el césped estira sus brazos y salta, uno de los viejos aviones alza el vuelo.  

Así es el cortometraje (Otros) Diciembres, seleccionado en la competencia MADE IN COSTA RICA del shnit San José.

Ver algo así me sorprende y también me hace pensar, porque se trata del director Nacho Rodríguez, un joven a quien conocí hace mucho tiempo, cuando ambos estudiamos en un colegio que ya no existe, y cuya carrera he visto ascender paso a paso a través de los años hasta hoy, cuando la casualidad nos ha reunido para conversar acerca de su pequeña película.

Sin embargo, lo que no me sorprende es que en un artista tan prolífico haya tal nivel de versatilidad. Nacho reconoce que su generación de cineastas cuenta con el privilegio de tener al alcance de su mano herramientas para crear una película. Ésta facilidad, que él denomina “la democratización de lo audiovisual”, le ha permitido comenzar y terminar sus proyectos sin muchas dificultades. Para darme un ejemplo, me cuenta que justo ayer, el día anterior a nuestra entrevista, terminó una serie de cortometrajes llamada Camisetas, iniciada en 2017, y concluida porque decidió que no podía dejar abierto ese ciclo.

La primera vez que vi una de sus obras fue en el Auditorio de la Facultad de Derecho en la UCR, allá por 2015, cuando Nacho exhibió su cortometraje de terror La Culpa en la Muestra de las 48 Horas. Además de eso, el joven cineasta también ha dirigido videos musicales, vlogs, spots informativos, entre otras cosas. Sus trabajos como estudiante ya eran seleccionados y reconocidos en diversos festivales, como cuando fue premiado en el Festival Enfocus por su documental 1995. A estos trabajos han seguido Yo soy de allá (2016), Coyotes de la misma loma (2017), Ruega por nosotros (2017), donde trabajó como guionista, y su primer largometraje documental, Callos (2018), que ganó el Premio Especial del Jurado en el CRFIC de 2019.

En conclusión, hay mucho… demasiado, que se puede hablar con Nacho, tanto como para hacer un perfil, si el tiempo lo permitiera. Pensando en este corpus de trabajo cinematográfico, imagino que para alguien como él, la inesperada pausa de este año debió ser algo insoportable; sin embargo, Nacho considera que no hay mal que por bien no venga, y por eso decidió tomar dicha pausa como una oportunidad para emprender otros procesos creativos, y crear material más personal e introspectivo. El resultado de uno de tales procesos es, ni más ni menos, que (Otros) Diciembres.  

Fotograma del cortometraje ‘(Otros) diciembres’.

—De no haber estudiado Comunicación Colectiva, ¿Aún así habría seguido su pasión  por el cine?

—Sí –dice Nacho—. Inicialmente, cuando entré a Comunicación, yo era un poco engreído… o así lo veo en retrospectiva, tal vez en su momento lo confundía con seguridad. Pero entré a la Universidad, según yo, muy aprendido y escéptico de lo que me pudiera aportar la carrera. Sin embargo, me di cuenta de que había un sinfín de cosas por aprender, mejorar y descubrir, y siento que si hubiese estudiado alguna otra cosa, como Medicina, que era lo que quería estudiar, en algún momento habría surgido esta duda en mi cabeza de “¿Qué hubiese pasado de haber estudiado cine?”. Y de repente hubiera comprado una cámara y empezado a hacer cosas, no sé, en medio de las guardias del hospital. Sí, siento que, eventualmente, hubiese caído en el ámbito del cine, de alguna u otra forma.

—¿Cómo ha sido la historia de su pasión por el cine? ¿Fue algo que siempre sintió?

—De hacerlo, no –responde Nacho, para mi sorpresa—. Cuando era niño, mi cabeza no podía amarrar los roles de cada persona y cada departamento en el hacer de una película. Yo de repente veía un par de películas de un mismo director, y decía: “¡Wow qué chiva, me gusta este director!” Y en mi cabeza, el director lo hacía todo, desde la dirección de fotografía hasta la dirección de arte, el sonido, y la música. Tal vez por eso entré a la U queriendo hacerlo todo: no tenía las divisiones tan establecidas. Pero sí, desde niño me incliné mucho a la imagen en movimiento, al poder del storytelling que tiene el cine, y también al cine como espacio físico. El hecho de ver una obra de arte simultáneamente con otras personas me parece una experiencia poderosa, que de repente cuesta un poco más obtener en otras formas de arte, por ejemplo en la literatura, que es una experiencia muchísimo más personal.

—¿Cuáles fueron algunas películas o cineastas que lo inspiraron?

—De cuando era niño, inicialmente La Habitación del Pánico, de David Fincher. ¿Cuándo salió esa película? ¿2002, 2003? Podía yo tener unos ocho o nueve años, y sé que en la filmografía de Fincher no es de las más destacadas, pero en su momento quedé fascinado por el movimiento de la cámara, que me parecía algo fuera de este mundo. Hasta este momento veo el cine –y tal vez sea una opinión debatible— como un medio principalmente visual; sé que convergen otros departamentos artísticos, pero para mí, lo que la cámara captura visualmente sigue siendo lo principal. Yo diría que esa película definitivamente me marcó de alguna u otra forma, al menos me dio mucha curiosidad en cuanto a lo que podía hacerse con una cámara y cómo se podía contar una historia por medio de imágenes, cómo la imagen podía ayudar al relato, o inclusive tomar protagonismo sobre el relato, que no es necesariamente algo malo.

Ya que hablamos con respuestas debatibles, le planteo a Nacho una pregunta con una premisa también debatible:

—Si comparamos el cine con la pintura, la literatura o la música, formas de arte que se pueden hacer individualmente, el cine, como arte, implica una gran cantidad de factores que no pueden hacerse individualmente. ¿Dónde queda el espacio para la visión personal del director dentro de este proceso?

—¡Uf, eso es un temazo! Porque sí, inclusive yo, en mis años universitarios dudé si el cine podía considerarse un arte, ya que, como vos decís, confluyen inclusive muchas visiones y tiene muchas manos metidas. De hecho, yo leí en alguna parte que el cine no puede ser un arte, pues obviamente involucra mucha gente, vos no podes hacer el sonido solo, no podes actuar, ni pos—producirlo solo. Vi eso y pensé: “¡Mae, pero yo sí puedo hacerlo! Yo puedo crear una obra que sea completamente mía, en la que yo pueda actuar, editar, fotografiar, hacerlo todo” Y, curiosamente, de ahí salió el proyecto del que te hablaba, Camisetas. De ahí salió la necesidad de hacer cortos de tres o cinco minutos en que yo hiciera todo: grabar el audio, el voice over, grabar las imágenes, que llevaran música, y editarlo. Entonces sí, me he aproximado a lo que es crear algo totalmente personal desde cero, sin ninguna influencia exterior de otra visión artística. Me parece un lugar interesante para crear y contar historias, pero también he tenido equipos de grabación de veinte, treinta, cuarenta personas, donde tu control sobre lo que se ve en pantalla se reduce significativamente: Ahí podés tener a tres actores en pantalla, hablando al mismo tiempo, a diez extras en el fondo, y la luz exterior. Lo que podes controlar se reduce muchísimo. Pienso que ninguna es inherentemente mejor que otra, siento que depende mucho de tu proceso creativo como director, y del tiempo que tengas para planearlo todo con los diferentes departamentos. Me siento más cómodo cuando trabajo algo con poquitas personas, siento que es un punto medio muy bonito. Esta peli que hice, Callos, la realicé solo yo con los tres chicos del documental, y tuve ayuda de un amigo para temas más logísticos de producción y de enviar a festivales. Esa experiencia me gustó mucho, porque recuerdo que la estaba editando y dije: “Esto se siente muy bien, tengo mucho control sobre lo que estoy contando”. Me parece que es un buen punto medio: No grabar y producir vos solo y que sea una cosa súper individualista, sino aprovechar la versatilidad que tiene el cine, y traer a colaboradores para que enriquezcan el producto sin necesariamente perder el control creativo sobre éste.

—Como decíamos ahorita, su obra artística tiene gran variedad de géneros y estilos. ¿Qué historias o temas le llaman más la atención?

—Ahorita estoy súper ido en el ride con el tema queer. Es un tema que me interpela física, mental y totalmente, y es un tema que me atrae. Me da demasiada curiosidad explorar narrativas costarricenses de lo queer en lo urbano, lo rural, de género, de chicas, chicos… chiques. Me parece un tema súper explotable, porque en Costa Rica, el cine queer no es algo tan explorado, me parecería bonito contribuir a esa memoria histórica audiovisual costarricense, aunque estoy consciente de que no es tanto un género como una temática. En cuanto a géneros, me gusta mucho explorar la comedia, el suspenso, me parecen llamativos, así que tampoco me cierro a hacer eso en el futuro.

—¿Cómo fue la experiencia de filmar Callos, en un contexto tan turbulento y hostil para las personas diversas como el de las últimas elecciones?

—La experiencia de Callos fue muy abrumante, creo que esa es la palabra. No inició como un documental político, aunque lo queer tal vez sea ya de por sí político, pero no era un documental con tintes políticos tan pesados, sino nada más un documental sobre experiencias de tres chicos queer aquí en la GAM, con todos los colores y sombras, grises, blancos y negros. Sin embargo cuando entró el tema de las elecciones, se volvió sumamente abrumante, porque yo también, como chico queer, sentí que estaba peligrando un poco mi existencia, y al mismo tiempo estaba tratando de capturar este miedo y esta incertidumbre audiovisualmente. Fue inclusive un proceso automático, yo sabía que algo importante estaba pasando a nivel nacional, pero no sabía si quería incluirlo en el documental o si eventualmente iba a quedar en edición o no. Pero mi instinto me dijo que siguiéramos grabando, y eventualmente fue lo que fue, y quedó un documental que, de alguna u otra forma, para bien o para mal, retrató una de las etapas más convulsas en cuanto a derechos humanos aquí en Costa Rica.

—Y en algún momento durante el proceso de rodaje, ¿Tuvieron que enfrentar o lidiar con algún problema de discriminación?

—Bueno, el documental fue de muy bajo perfil, así que los tres chicos y yo no estábamos tan expuestos. Sin embargo, ya que lo grabamos antes y después de las elecciones, cada chico habló sobre experiencias homofóbicas que habían tenido, ya fuera en su espacio familiar y social, o sobre actos homofóbicos de sus amigos. Pero por dicha no se volvió un peligro, y no documentamos ningún acto homofóbico en cámara.

—Me hace pensar en el poder del arte, sobre todo del cine, para transmitir un mensaje y cambiar las cosas.

—Sí, creo que el cine tiene un gran potencial de cambio social. O, bueno, “cambio social” es un poco utópico; yo lo aterrizaría más como en difusión social. El cine tiene el poder de dar a conocer ideas en un espacio, en un marco social que quizás el público no tendría tan accesible de otra forma. El cine permite que la masa asista a una función, y genera un discurso en el tejido social, ya sea familiar o más extenso, y por lo menos da un empujoncito, una primera patada para que haya una discusión, que me parece un buen paso previo al cambio.

—Y en ese sentido, a la hora de contar una historia, usted que ya ha trabajado la ficción y la no ficción, ¿cuál siente que es más poderosa?

—Vieras que no sé –responde tras una larga pausa—. Inicialmente te hubiese respondido que la ficción, sin embargo ahorita no estoy tan seguro; el documental te da más posibilidad de hacerlo a menor escala, sin necesidad de un presupuesto exorbitante, y como estás documentando la realidad, tenés más chance de hacerlo con tus propios recursos. La ficción, en el otro sentido, sí necesita muchísimo más insumo, por ejemplo, actores que se aprendan un guion, ensayos, locaciones. Ahorita me interesa la convergencia entre ambos: ficción con tintes documentalescos, o documentales con tintes de ficción. Me parece que esos híbridos se han estado explorando en los últimos años y tienen gran potencial narrativo, y me gustaría incursionar en eso, pero así como “favorito”, no, no tengo.

—A pesar de las diferencias obvias y esenciales de cada género (por ejemplo, entre la comedia y el terror), en términos de su voz como autor y director, ¿Diría que en toda su obra hay una identidad personal que las unifica, o cada película ha tenido su propia característica personal?

—Uf… Digamos, mi objetivo como director, cuando empiezo un proyecto, es contar la historia de la mejor forma posible, ése es mi norte: Pensar qué necesito para contar esta historia en la forma que tiene que ser contada, ya sea con  valor de plano, con locaciones, iluminación, con el tono, la música, la paleta de colores. Cómo puedo tomar esta idea que tengo, esta pequeña historia con estos pequeños personajes, y hacer que todos los elementos se confabulen y aterricen en un producto de la mejor manera. Eso a nivel de visión de director. Sin embargo, si tuviera que señalar un elemento común, tal vez más tangible, en cada una de esas historias, diría que un sentimiento —y tal vez sea un poco polémico— de disconformidad con lo que he visto en pantalla en el cine tico; es decir, no quiero crear cosas que sean eco de algo más, o ir por la misma línea de lo que se ha hecho, sino proponer algo nuevo, que acá no se está haciendo. No necesariamente inventar el agua tibia, tampoco, pero por lo menos… Por ejemplo, mi serie de terror, digamos que surge de no ver terror en pantalla tica. Callos surge de no verme a mí y mis amigos queer en la pantalla tica. Éste corto de comedia viene de no ver tanta comedia en el cine tico, o… ¿Qué más he hecho yo? –se pregunta entre risas— Creo que este sería el elemento que tal vez une las cosas que he hecho: los retos que tiene explorar otras narrativas, otros géneros que acá no se están explorando tanto.

Fotograma del cortometraje ‘(Otros) diciembres’.

—Ahora que pienso en eso de la parte autobiográfica y personal, mientras vi (Otros) diciembres, sentí que era un corto muy personal e íntimo; admito que hasta me sentí un poco culpable viéndolo, porque sentí que no se suponía que lo estuviera viendo.

—Ajá, claro, claro.

—Como si le estuviera revisando el teléfono a alguien. Así de íntimo lo sentí, ¿Fue algo deliberado?

—Sí, de fijo. Mis amigos y personas cercanas dicen que soy un oversharer. Esto viene de que tal vez no tengo tantos muros para expresar mi intimidad o pensamientos, y de fijo, yo sé que el corto está intended, es adrede que sea íntimo, que inclusive incomode. Lo hice a partir de audios de Whatsapp que me envió mi novio y son mensajes compartidos en un espacio totalmente personal e íntimo. Entonces, el agarrar estos mensajes de Whatsapp y ponerlos en un corto me parece que pone al espectador en una posición voyeurista, porque una de las cosas más personales de la gente es su celular: lo tiene con contraseña, y si se le pierde es todo un broncón. Los mensajes de Whatsapp son sumamente íntimos, y a mí me gusta mucho tomar este elemento privado y transmitirlo de alguna forma al audiovisual, porque definitivamente le aporta intimidad y cercanía. Un porcentaje importante de las imágenes de Callos son videos y capturas de pantalla, pantallas de celular, de las Instagram stories, mensajes de texto, de Grindr, inclusive material propio grabado por los personajes con el celular. Sí, la intimidad es totalmente adrede. Inclusive la incomodidad que esta genera, porque me gustaría que la audiencia sienta eso: que está irrumpiendo la privacidad de otra persona, en este caso de los personajes.

—Yo de fijo lo sentí –le confieso.

—Sorry –ríe Nacho.

—¡No, no! –le aclaro, riendo también— Eso es algo súper bueno, se cumple esa función de hacer sentir al público. Pero, más allá de lo que sienta el público, para usted como creador y también participe de los mensajes, ¿Cómo se siente al compartir algo así de privado? ¿No hubo algún conflicto emocional?

—No, como te digo, soy una persona bastante abierta en cuanto a mi intimidad, no me genera mayor ruido el hecho de que la gente conozca un poco más sobre mí y mi vida. Obviamente tengo un límite, pero el hecho de abrirme así a otras personas me parece una actitud valiente de parte mía. También, si alguien ve el corto y no le gusta, no es como que van a conocerme solamente por el corto, yo también soy una persona aparte. Pero no, no me genera mayor ruido.

—¿Y cuáles son, en su opinión, los temas principales del cortometraje?

—¿(Otros) diciembres? Creo que el tema principal es la emoción del inicio de cualquier cosa, en este caso es del inicio de una relación de personas, pero podría ser el inicio de estrenar un carro, o el inicio de empezar una carrera universitaria. Creo que ese sería el tema principal, visto desde la perspectiva de una de las partes y escuchado desde la perspectiva de otra; entonces visualmente estamos conmigo, el personaje número uno, lo vemos de diferentes formas, vemos algunas partes de su cuerpo, su entorno, y sin embargo, en cuanto a lo audible, escuchamos a otro personaje, lo que piensa y expresa.

—Mi lectura personal fue eso, la representación o reflexión sobre el inicio, pero visto desde el final.

Involuntariamente, Nacho me interrumpe con una risa alegre y gentil que me hace dar cuenta de la incómoda connotación de lo que he dicho.

—¡Obviamente no quiero echar sal en términos personales! –le aclaro, entre risas algo incómodas— Pero hablando estrictamente de la obra artística… Por ejemplo, al ver símbolos como las camisas, que para mí representan el paso del tiempo, noté un gran sentimiento nostálgico en todo el corto. ¿Podría ser también el inicio visto desde el final?

Fotograma del cortometraje ‘(Otros) diciembres’.

—Uy, sí, totalmente, el corto tiene un feeling muy nostálgico, aunque yo no lo vería como desde el final, pero sí, definitivamente hay un tema retrospectivo. Igual, esa interpretación tuya no necesariamente sea del todo errónea, podría verse como una reflexión sobre algo que fue y ya no es. En este caso no; pero sí, digamos que, en su momento, como lo hice en el confinamiento y llevaba rato sin ver a mi novio más que por videollamadas, de repente esa añoranza de estar con él y tenerlo cerca se transfirió un poco a esa nostalgia que vos sentís, o ese sentimiento un poco más sereno o azul, que se siente un poquito más apagado o triste. Si hiciera eso mismo ahorita, de repente sería un corto un poco más alegre.

—Entre las cosas que me hicieron pensar en la nostalgia, están las tomas de la Venezuela de los años ochenta o noventa, y también el video inicial sobre la Isla Margarita, como de los cuarenta o cincuenta. ¿Habrá una relación entre esa visión del pasado próspero y el presente?

—Bueno… —ríe Nacho— Hablando con vos me estoy aclarando un poco más mi propio corto. Pero respondiéndote un poco más a la pregunta anterior: Mi novio es venezolano, se mudó a Costa Rica hace unos trece años. Parte de la nostalgia transmitida ahí fue por el hecho de no poder estar con él en sus años iniciales, de no poder compartir con él la parte cultural, la parte espacial de Venezuela, y he hablado de esto con él, la añoranza de que se hubiese quedado en su país natal. Pero es también un sentimiento de dualidad, ya que… ¡Por dicha se vino a Costa Rica!

—Claro, entiendo.

—Pero definitivamente lo estaba contemplando desde que me hubiera gustado estar allá con él.

—A propósito de eso, ya que se trata de algo tan personal, ¿Cómo es darle sentido a través del arte? O, para decirlo de otra manera: Ya que las cosas que nos pasan en la vida son arbitrarias, desordenadas, inconexas, ¿cómo es para usted tomar esa materia prima de la vida cotidiana y darle sentido al convertirla en una obra de arte?

—Mucho del encanto del cine es tomar la cotidianidad y hacerla extraordinaria, como en este caso específico, donde sí estamos tratando la cotidianidad pura, inclusive banal. Cuando hago un tipo de corto, lo aproximo como una fortaleza: Agarremos esta cotidianidad y transmitámosla tan bien que genere cercanía, que genere familiaridad, que genere otros sentimientos. Por ejemplo, el hecho de usar solo audios de Whatsapp es algo súper cotidiano, y al mismo tiempo esta cotidianidad de fijo identifica, y esta identificación con un relato o con alguna cosita del relato, ayuda a que la persona se meta más en la historia y le interesen los personajes. Entonces, para mí, generar desde lo cotidiano de fijo puede ser una ventaja para el mismo relato.

—Pensando en proyectos futuros, ¿tiene una visión u objetivo en particular o tema en particular que le gustaría tratar?

—Sí, tengo ahorita en queue, en espera, dos proyectitos: Uno es un corto de temática queer (este que te dije, del híbrido entre documental y ficción); y tenía una idea muy interesante para un largometraje de suspenso urbano en Costa Rica, que definitivamente cuando pase toda esta pequeña pandemia me gustaría retomar, y ojalá empezar a dar otra entrevista cuando lo termine.

—Y para finalizar, tomando en consideración toda su trayectoria  y todo lo que ha aprendido, ¿Cómo ha sido la experiencia de exponerse, ir a festivales, crecer y madurar en el cine?

—Bueno, me siento muy feliz de que la gente responda, de una u otra forma, a lo que hago. Veo que eso, en realidad, nunca lo tengo planeado, y tal vez ahorita debería acostumbrarme un poquito más. Pero inicialmente, cuando empiezo a pensar o escribir algo, no lo pienso tanto, tal vez muy inocentemente pienso que a nadie le va a importar, o que es más algo como para mis amigos y para mi familia, y que eventualmente nadie lo verá… y eventualmente mucha gente lo ve. Entonces, esa recepción cálida de fijo es súper bien recibida y estoy muy agradecido por eso. También me he topado mucho con estos espacios del shnit, el Festival de Cine de Costa Rica, el Festival de la Habana, etcétera, y me han acercado a talentos nacionales e internacionales, que han enriquecido mi formación como artista, pero también como persona, y definitivamente es algo de lo que también estoy muy agradecido. Y ahora, que todo el mundo está hablando de los privilegios y estar consciente de los privilegios, eventualmente sí me gustaría, cuando tenga la oportunidad, devolverle algo a mi Universidad o a los espacios donde he estado, para que las personas que quieran contar historias de forma audiovisual tengan alguna que otra facilidad; por ejemplo, cámaras, o programas de edición, o inclusive talleres. Es algo que me gustaría, eventualmente, cuando tenga más experiencia o dinero para poder donar.

‘(Otros) diciembres’  es parte de la función MADE IN COSTA RICA II del Festival shnit San José. Los boletos virtuales se pueden conseguir en Festhome TV (https://tv.festhome.com/festivaltv/san-jose-shnit-playground-2020).

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